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Sebastiana
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sábado, febrero 20, 2010
La aleatoria y loca aparición (o desaparición) de las Pop-Tarts de Kellogg's en los súpers es otros de esos grandes misterios de la vida moderna. Si todo mundo las ama, ¿por qué dejan de venderlas? ¿Por qué nos condenan a la abstinencia de esa especie de galleta rellena de cosas maravillosas y tan hermosas que guardan en su interior? Pero no sólo eso, ¡NO! , también están cubiertas de un glaseado elegante, que equilibra la neutralidad de la parte galletosa y que, al tostarlas, libera todas sus propiedades (mágicas, obviamente).
Es una tragedia que la disponibilidad sea caprichosa y que desaparezcan sin mayor aviso, ya que nos avientan a las garras de la competencia y como buenos consumidores sólo podemos abandonarnos a la nostalgia y sí, probar las copias. En uno de esos arranques decidí probar la versión de Great Value, la marca libre de Walmart, Superama, etc., que por lo general tiene buenas cosas (¡qué viva el imperialismo yankee!). No me arrepiento, ¿me escuchan? ¡No hay forma de arrepentirse! La conquista fue total. Las toaster pastries de chocolate son simplemente perfectas, ni siquiera necesitan calentarse.
En primer lugar, la consistencia de la galleta es adecuada, suficientemente suave para que al morderla pueda combinarse tanto con el relleno como con la cubierta, ambos de chocolate. En segundo, el corazón es puro fudge... ¿necesito decir más?
La verdad es que me sorprendieron, no esperaba ni esa consistencia ni el sabor. El chocolate es un asunto serio y no a todos les sale bien, pero puedo decirles que en lo que aquí se refiere no hay que tener miedo. No se dejen llevar por el prejuicio de la marca, no se angustien, no perderán su dinero en una imitación chafa, invertirán en su felicidad.
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Sebastiana
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miércoles, febrero 03, 2010
Dicen, quién sabe quién, a lo mejor esa masa amorfa que determina el conocimiento popular o alguno de sus amigos (igual de populares), que hay una diferencia entre vender un objeto a secas y comprar una experiencia.Aunque no intento venderles nada, les platicaré lo que compré.
Antes de empezar, hay una incógnita que me tiene consternada, casi tanto como la misteriosa desaparición de los chevys morados: ¿a dónde se fueron los camiones de gelatinas y helados que pasaban por las calles con musiquita que, muy al estilo de Kaa, la serpiente del Libro de la Selva, te invitaban a futuras predisposiciones diabéticas? Quizá nunca lo sepamos… quizá regresaron a la dimensión que pertenecen, o son parte de una conspiración malévola, ¿cómo saberlo?
Se habla de avistamientos por aquí y por allá, pero nada concreto, así que como el apóstol Tomás: hasta no ver no creer, y justo eso es lo que me pasó. He aquí mi testimonio:
En medio de la querida postergación del trabajo, empecé a escuchar una tonada algo dulce que se interrumpía por un megáfono ofreciendo quesos, frutas, crema, yogurt y nieve de limón. Esta última me atrapó, porque no hay nada mejor en el mundo que una buena nieve de limón. Escuché con atención la oferta: ¡un litro de nieve por 20 pesos!Interesante…seguí oyendo las palabras del megáfono y me intrigó. Obligué a mis co-habitantes a que escucharan la letanía y les encargué que me trajeran uno de los productos ofrecidos: una fruta rellena de helado, sólo porque suena bien padre. Para mi sorpresa, efectivamente se trataba de una fruta rellena de helado, aunque no sé por qué me sorprendí. Había piñas, manzanas, elotes y naranjas, pero tienen una selección más grande. Pedí una manzana. BEHOLD:
Como pueden observar, es una coquetada. Viene en una bolsita, pero no duró demasiado tiempo sobre la manzana. Ahora bien, seguro se están preguntando lo siguiente: ¿de qué sabor es el relleno? El color del helado era blanco, así que con un poco de resignación asumí que se trataba de vainilla, al parecer, uno de esos sabores comodín, que no quedan mal con nadie. No podía estar más equivocada. ¡El helado coincide con su recipiente! De pronto tenía sobre la lengua el mejor helado de manzana que haya probado jamás. Conozco nieve de manzana interesante, con el perfecto nivel de dulzor y acidez, pero, por lo general, los helados, es decir, la versión de crema o leche, se caracterizan por ser muy artificiales, muy gringos.
En cambio, aquí, el equilibrio entre cremosidad y manzanidad es perfecto y llenala cáscara de lo que, a mi parecer, es una Red Delicious de buen tamaño. Gran elección, además de deliciosa, se ve elegante.
Si de pronto se encuentran la camioneta musical de la Cremería Chalco, ¡no lo piensen dos veces! Seguramente se trata de uno de esos extraños vórtices o la apertura de alguna puerta interdimensional. Recuerden sólo ser capaces de adivinar el acertijo del guardián y ya está.
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domingo, diciembre 20, 2009
Debo confesar que esta reseña es completamente parcial. No hay fuerza en el Universo (así con mayúscula y todo) que permita algún tipo de objetividad o alejamiento valorativo cuando se trata de estos maravillosos dulces. Para quien no los conozca, estamos hablando de un gran invento. Es como comer miguelitos, pero mucho mejor, debido a la consistencia y, por supuesto, la forma: ¡parecen tambores! Si eso no los maravilla, no sé qué lo hará. (Favor de leer lo anterior con el tono de contundencia adecuado.)
Tienen un diámetro de aproximadamente un centímetro y medio y una altura parecida, la base es más ancha que la parte de arriba, dándoles un tamaño perfecto para que quepan en la boca sin gran dificultad. Por otro lado, morderlos resulta una babosada, porque la consistencia muere. El truco es ponerlos sobre la lengua y esperar a que se desintegren. Se pueden masticar, por si el ácido es demasiado, o deshacer con la lengua. El sabor es una mezcla irresistible de limón, tamarindo, azucar y chile, pero hay que tener cuidado, son tan pequeños y gloriosos (¡Sí, dije gloriosos!), que antes de notarlo ha desaparecido la mitad y el estómago tiende a quejarse.
Por lo general, los he encontrado en bolsas, pero en los lugares adecuados también venden botes. Esos son los que valen la pena. Ahora, hay que ser prudentes; si no les gustan los dulces de chile o las cosas ácidas (además de que están mal), deben abstenerse de probarlos, ya que es una batalla perdida. Sin embargo, si son devotos admiradores del puparindo o de los pelones, la verdad no sé cómo es que no los han probado. Deben amarlos.
Debo pronunciarme en contra de esta aberración. Nunca jamás había cometido la estupidez de probar un bubulubu congelado. Tal vez exagero un poco, la sabiduría popular no se equivoca demasiado (sí... claro), pero no he probado algo tan decepcionante desde hace muchos años. El chiste de esta golosina (sí, ¡me encanta esta palabra!) es su textura... fácil de morder y los sabores que se van combinando conforme los masticas. El chocolate se mezcla con la jalea y el malvavisco neutraliza las orillas sin limar... En general siempre había encontrado sospechosa esta sugerencia... ¿Cómo es posible mejorar un bubulubu? No creí que fuera cierto, además, claro, de que no tengo la paciencia suficiente para postergar el momento de consumo maravilloso de productos chocolatosos.
¿Que cuál fue la decepción? ¿No la saben ya? ¡Un bubulubu congelado es incomible! El chocolate, que obviamente no es ya chocolate, sino alguna imitación más barata, como con todos los chocolates actuales, sabe aún peor, porque el frío destaca la composición grasosa y te deja una sensación pastosa sobre el paladar. La jalea se congela y se solidifica como caramelo y no se mezcla con las demás partes, ni siquiera se puede morder, ¡es una tortura! El malvavisco también se pone más duro y sólo se queda ahí sin mucho chiste.
Quizá la idea original consista en sólo enfriarlo un poco, tal vez así adquiere propiedades mágicas, no lo sé, tendré que hacer la prueba. Pero el congelador, definitivamente, no es la mejor opción. A menos, claro, que la intención sea arruinar ese maravilloso dulce de semáforo en el tráfico a medio día.
Estoy tan decepcionada que creo que no volveré a comer bubulubus en mucho tiempo, aún no supero la mala experiencia. Tuve que dejar que se ajustara a la temperatura regular de la tarde, que no era tampoco demasiado calurosa, y ya pude comérmelo. Aún así, las consecuencias del descongelado tampoco fueron buenas... Una vez que el intento de chocolate se pone pastoso, ya no hay regreso.